128Esos Misteriosos Druidas

Autor admin on Marzo 21st, 2007

druidas.gifLos griegos del siglo II a.C. fueron los primeros en observar que entre los pueblos bárbaros, a los que denominaban keltoy, existía una misteriosa casta sacerdotal: unos hombres a quienes no tuvieron inconveniente en reconocer como predecesores de la filosofía griega y a los que consideraron semejantes a los magos persas y caldeos.

Eran los druidas, nombre asociado tradicionalmente al roble, el bosque y la sabiduría. No se conoce a ciencia cierta su origen. Algunos autores piensan que podrían ser parte de los últimos pueblos megalíticos con los que habrían convivido los proto-celtas, que ya debían haber entrado en un lento ciclo de decadencia, perdiendo progresivamente sus capacidades por el simple contacto con otras comunidades guerreras en tiempos especialmente conflictivos. Justamente fue en los lugares de amplia tradición megalítica donde prosperaron los celtas.

Las escuelas druídicas se ubicaban siempre en el interior de los bosques y, según se cree, su organización no era demasiado distinta de la de los monasterios. De hecho, cuando el cristianismo se difundió, imponiéndose en estos territorios, muchas viejas escuelas fueron convertidas en conventos, mientras que otras se transformaron en colegios de poetas, algunos de los cuales perduraron hasta el siglo XIX.

Islas De Los Soñadores

Los druidas realizaban una visita anual a todas las tribus con el objeto de reclutar a aquellos jóvenes que manifestaban aptitudes especiales para desarrollar la función religiosa. Es posible que la mayoría de ellos ya hubiesen sido preseleccionados por quienes regían las distintas comunidades, probablemente tras observar cierto tipo de signos y habilidades naturales.

Los afortunados que lograban superar los exámenes eran conducidos a alguna de las legendarias «islas de los soñadores», como Mona (actual Anglesey, en Gales) o Iona (que aún conserva su antiguo nombre, en Escocia). Sus funciones eran respetadas por todos los estratos de la sociedad. Los druidas estaban exentos del servicio militar, de pagar impuestos y de las labores en los campos comunitarios.

Sus dominios no tenían límites territoriales y podían traspasar cualquier área tribal sin necesidad de pedir permiso, con la completa seguridad de que nadie les atacaría. Incluso atravesaban los campos de batalla sin ser molestados. Tampoco tenían que postrarse ante ningún rey. Pero para llegar a la cúspide del druidismo debían superar un duro e intenso aprendizaje, que podía durar hasta veinte años.

Eso hacía que un druida comenzase su «vida profesional» a una edad que pocas personas normales superaban en aquella época. A pesar de que la gran mayoría de esta elevada casta sacerdotal estaba compuesta por hombres, también había druidesas (bandrui o banfhlaith).

En Cil Dare (Irlanda) existía una escuela exclusiva para ellas. Precisamente allí fue donde, siglos después, Santa Brígida, hija de un druida, erigiría un monasterio de monjas que mantuvo encendido el fuego sagrado de su antigua fe, hasta que la Iglesia se lo prohibió.

Conocimientos Secretos

Como es habitual en todas las tradiciones esotéricas, los druidas no difundían ninguna enseñanza pública. La información sólo se comunicaba a un grupo de elegidos y se transmitía de maestro a discípulo como un conocimiento reservado. De ahí la obsesión por la tradición oral, en perjuicio de la letra escrita. También se usaba la poesía como vehículo para legar esta sabiduría, ya que la versificación, el ritmo y la rima facilitaban una transmisión fiel y literal de su magisterio.

Por este motivo valoraban la poesía como una forma de expresión sagrada. También usaban dibujos con trazos muy esquemáticos, a la manera de los pueblos megalíticos, que servían como sistema nemotécnico y permitían conocer la epopeya de un héroe, la secuencia lunar y su reflejo en las labores campesinas, o complejos conceptos filosóficos sobre la vida después de la muerte. Su historia y su ciencia podían representarse así mediante un esquema de puntos, rayas, círculos o figuras simples.

Sin embargo, no todos los druidas estaban capacitados para ejercer las funciones que se requerían de ellos. Oficiaban servicios religiosos, eran médicos, jueces, educadores de los jóvenes, magos y consejeros de reyes… En la historia han dejado su huella personajes como Cathbad, druida del rey irlandés Conchobar, o el más famoso de todos: Merlín, mago y consejero del mítico rey Arturo. Dada la variedad y amplitud de sus tareas, estos sacerdotes se especializaban en muy diversos campos, que podían ir desde la poesía (bardos) a la adivinación.

El druida de una comunidad aislada era como un generalista que, en ausencia de los especialistas, podía abarcar numerosas materias. También realizaban actividades que normalmente se asocian a los chamanes en muchas culturas primitivas.

Entre ellas, conseguir que el espíritu de un difunto no quedase atrapado en la confusión cuando abandonaba su cuerpo, realizar exorcismos para alejar a seres maléficos que ocasionaban enfermedades físicas o mentales, transformar a voluntad su forma corpórea, usar un manto de invisibilidad, fabricar talismanes y amuletos, realizar conjuros, provocar nieblas o tormentas… A muchos santos del cristianismo celta se les atribuyeron habilidades similares.

Herramientas Quirurgicas

En su faceta de médicos, utilizaban principalmente plantas que encontraban en los bosques. La recolección se hacía siguiendo un tipo de ritual concreto y en épocas precisas del año. Un papel primordial de la farmacopea druídica (particularmente en la Galia) lo tenía el muérdago, que cortaban ceremonialmente con una hoz de oro, sin dejar que cayera al suelo.

Esta planta servía para curar infinidad de trastornos, incluidos las que nosotros denominamos psíquicos. De hecho, los druidas atribuían a desequilibrios psicológicos la mayoría de las dolencias, adelantándose así al moderno concepto de enfermedad psicosomática. Los arqueólogos también han encontrado en antiguos asentamientos celtas herramientas quirúrgicas, parecidas a las usadas hoy, con las que practicaban cesáreas y trepanaciones, entre otras intervenciones de cirugía.

Para sanar algunas dolencias recurrían a baños de calor, similares a saunas, como los que se han hallado en Irlanda y España. Según testimonios de quienes les vieron actuar, es probable que practicaran alguna técnica equivalente a la iridiología y que hubiesen desarrollado métodos para detectar las alteraciones de la energía corporal a través la piel. Como hacen algunos chamanes, todo indica que empleaban el trance inducido para averiguar qué causa ocasionaba un trastorno y resolver los desequilibrios espirituales.

Algunos cronistas antiguos, testigos de curaciones druídicas –como Silicio–, citan los cánticos de distinto tipo que realizaban ante el enfermo, desde una especie de arrullos hasta violentos gritos, que hacen pensar en rituales para exorcizar espíritus malignos. Los druidas eran «dominadores de la voz», una cualidad que recuerda a los magos del antiguo Egipto.

Esta era una de las muchas capacidades que adquirían en su larga preparación y les facultaba para producir ciertas vibraciones o escalas sonoras, a las cuales se les atribuían poderes de sanación.

Se sabe que en el antiguo Egipto muchos rituales estaban basados en el uso correcto de la voz, y que la entonación, la vibración y el estado emocional eran fundamentales para conseguir el fin propuesto. Julio César, que hizo todo lo posible por acabar con los druidas galos, escribió: «Con su sola palabra les basta para dominar a los enemigos, infligiéndoles todo tipo de males.

Aunque también podría decirse que con similares métodos son capaces de proporcionar toda clase de bienes». El proceso de curación se completaba extendiéndolo de alguna manera a todos los miembros de la familia del enfermo, a los animales de compañía y a la casa misma, ya que, según creían, la enfermedad impregnaba el entorno, una noción intuitiva del moderno concepto de contagio.

La observación de los ciclos astronómicos era esencial en una sociedad agrícola, y también formaba parte de las funciones de los druidas. Mediante el estudio del cosmos determinaban los calendarios litúrgico y agrícola. En algunos textos reflejaron ciclos de eclipses y la periodicidad de algunos cometas, datos que han podido ser verificados con posterioridad.

Unidos A La Tierra

Para los sacerdotes celtas, el árbol representaba lo más sagrado de la naturaleza, ya que en él se concentraban los cuatro elementos de la Creación: la tierra donde hunde sus raíces, el agua que le sirve de alimento, el aire que respiran sus hojas y el fuego (sol) con el que se produce la fotosíntesis. Al surgir de las oscuras entrañas de la tierra y extenderse hacia el cielo en busca de la luz, es un símbolo de crecimiento, externo e interno.

Asimismo, su ciclo lo convierte en sinónimo de regeneración. El druida se servía de la rama de un serbal para fabricar el bastón que le acompañaría de por vida. Éste podía ir decorado con elementos metálicos o con cristales, o llevar grabados algunos símbolos que lo identificasen con su propietario. También era la representación de la masculinidad, en oposición al caldero, complemento femenino, presente en la mayoría de los rituales druídicos. Las ceremonias tenían lugar en espacios concretos del bosque.

El canto, como la ingestión de ciertas plantas u hongos, facilitaban el contacto con otros planos existenciales. Algunos de estos rituales los realizaban, simbolizando así la entrega completa a la divinidad, sin ningún aditamento o engaño. Observamos prácticas similares de «nudismo místico» en los gymnosofistas (literalmente, «filósofos desnudos») griegos o en los jainistas de la India. No debía preocuparles mucho la curiosidad ajena, ya que varios cronistas antiguos describieron estas prácticas.

Así, Diodoro de Sicilia (alrededor del 50 a.C.) relata: «Desnudos, de la misma manera que sus guerreros en la batalla, se muestran a sus dioses. Pese a lo impúdico de su proceder, la cólera de los dioses no parece que recaiga sobre ellos».

A su vez, Posidonio (aprox. 135-50 a.C.) aseguraba lo siguiente: «Muestran gran veneración por los árboles, de los que se sirven después de dedicarles cantos, caricias y otras obscenidades que prefiero no relatar». Tales «obscenidades» no eran sino simulaciones de cópulas con los árboles, como parte de alguna ceremonia relacionada con la fecundidad de la tierra y, por lo tanto, una forma de sexualidad sagrada.

Plinio el Viejo (29-73 d.C.) también fue testigo de algo similar: «Mientras los druidas apoyan sus virilidades con gran devoción sobre las cortezas de los árboles, las druidesas parecen encontrar deleite en el roce con las piedras». Sin embargo, resulta extraño que en las crónicas que los romanos escribieron sobre Hispania y la Galia Cisalpina no citen a los druidas, casta esencial en las comunidades célticas de otras latitudes.

Nadie puede pensar que estos otros celtas no tenían sacerdotes, jueces, narradores de leyendas, sanadores… ¿Por qué no aparecen entonces? ¿Eran tan escasos que no se hacían notar? Para los romanos, el foco del druidismo se situaba en Britania, donde acudían los galos para formarse o, tal vez, acrecentar sus conocimientos previos. A eso quizá podría deberse la aparente poca presencia de estos altos sacerdotes en los lugares más alejados.

Tras las invasiones romanas, y sobre todo con la posterior implantación del cristianismo, los druidas supervivientes fueron perseguidos y desacreditados. De hecho, el emperador Augusto prohibió expresamente la práctica del druidismo.

Por aquellos tiempos, seguramente, ya no poseían la sabiduría que tuvieron sus ancestros, ya que era imposible mantener el ciclo formativo de veinte años, lo que probablemente dio lugar a algo así como un druidismo light. Muchos de ellos acabaron refugiándose en monasterios cristianos, donde se conservaron algunos conocimientos antiquísimos sobre medicina natural, y otros terminaron formando parte del santoral católico.

 

2 Responses

001: pacha,

Julio 12th, 2007 at 1:07 am

exlente info grasias

 

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